viernes, 5 de agosto de 2011

Media carta

El día del agua nieve salí de la oficina con prisa: no tenía mis botas de goma ni el impermeable. Por suerte a esa hora todo había pasado. Encontré las baldosas mojadas, el cielo todavía muy gris, y una ciudad que arde en el frío por volver al hogar. En el semáforo de Macacha Güemes y avenida Huergo los camiones pasaban al filo del cordón, a gran velocidad, soplando nuevos vientos sobre los peatones. Miré el hombrecito: seguía en rojo. Bajé la vista para comprobar el estado de mis zapatos. Eran nuevos, estas cosas me pasaban siempre. En eso estaba cuando un papel se estrelló contra mi pierna. Era una hoja manuscrita, y estaba cortada por la mitad.
Porque al final del día, al final de una frase, de un reclamo, en el último aliento, sigue colgada la misma sensación. Que nos estamos muriendo, querido, por falta de calentura. Me refiero a esto de no tener el calor en el organismo para moverse del cuadrado que ocupa uno hasta el cuerpo del otro, no correrse del sí mismo, quedarse en la individualidad. No preguntar cómo te fue en el día, no me importa cómo te sentís ahora, todo lo que vaya más allá de mi cuerpo queda lejos. Las zanjas se abren, se separan las personas, paradas cada una al borde de un precipicio diferente, porque la tierra ruje desde muy adentro un grito sordo, el piso ya no se puede quedar inmóvil mucho tiempo más, y nosotros, juntos. Es la distancia que se alarga, la eterna sensación del tiempo que se detiene, del frío que perfora los huesos, porque ningún calor alcanza, el baño queda muy lejos de la cama y ya no nos calienta ni el calefactor de morondanga, aunque vino el gasiste ayer. Anoche después de bañarme me quedé sentada en el inodoro llorando un rato, la cara caliente por el vapor y la vida misma. Después salí y durante la cena ensayaste algo, como hablar, yo te dije que no me salía, y vos hiciste un gesto con el hombro como que no te importaba. Vimos la peli de Liam Neeson y no pudimos siquiera reirnos como se debe de un perfecto cliché. Querido, a nosotros no nos rompe el amor de terceros que nunca existieron, o el mensajito inexplicable y urgente a la una de la mañana mientras yo dormía, ni siquiera bailar con extraños a mares de distancia. Nos está partiendo el no hacer, no decir, no moverse, hasta que el silencio sea tan gula que nos termine por devorar de un bocado a lo dos, no olvides agarrar la sal, mi amor, yo tomaré un litro de aceite de oliva y nos vemos en el  infierno.
La bocina de un camión me recordó que estaba parada en una esquina. El hombrecito volvía a ponerse rojo y yo me quedé sola, esperando el próximo turno. Me guardé la carta, como si me la hubieran escrito a mi, jamás sabría como empezaba, para quien era, pero me había angustiado tanto que la sentí propia. Tal vez en efecto era mía, me dio bronca leerla y probé romperla en mil pedazos pero se la llevó el viento. ¿Era yo? ¿Era yo-hombre? ¿Cómo me llamaría? Seguramente Juan. Odio a Juan por todo lo que le hizo a esta chica, maldito sea yo, que no entiendo: las mujeres lloran en silencio la mayoría de las veces, sin decir nada. Los vacíos están cargados para el sexo opuesto. Yo, Juan, debía saberlo. Yo Juan --
Casi me pierdo la realidad otra vez, pero una señora detrás mío me pisó el talón, yo recordé quién era en verdad y dónde estaba y crucé la calle. No quería retrasarme, estaba con mucho dolor y necesitaba pasar por una farmacia. A la noche vería una peli con mi novio de un tipo que se pierde en Berlín. Mi hermana le había contado que estaba re buena, y él sólo la quería ver porque la hicieron en nuestra ciudad.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Diálogo del futuro

¿Qué traés ahí, qué es eso? A ver, mostrame. Ah, mirá. ¿De dónde sacaste esto vos? Si, esta de acá soy yo, y la de ahí es tu tía. Esto fue una navidad en los noventa, yo tendría unos siete u ocho años. Ese señor grande es mi abuelo, el papá de la abuela. Y mirá, yo ni me acordaba de esto, pero habían sacado el bandoneón. Mi abuelo tocaba el bandoneón, y bueno, esa noche lo sacaron (lo tenía en una caja llena de polvo), yo no me acuerdo si tocó o no, pero me acuerdo que nosotros queríamos probar de tenerlo, ver si nos salía una melodía o si lo podíamos apretar, eso era. Tu tío, que es más grande, bueno él daban por descontado que iba a poder. A mi me dijeron que no, que era muy pesado y se me iba a caer. Pero yo insistí, entonces me senté en ese sillón que ves ahí y mi abuelo me puso el bandoneón sobre las piernas. Me acuerdo que pasé las manos por las correas, y con las puntas de los dedos trataba de llegar a las teclas. Eran redondas y amarillas, algunas creo que no andaban muy bien. Las manos se me cansaban, ¿ves que no llegaba ni a la mitad? Y ahí, antes de que me lo sacaran, lo apreté y sonó. Me puse re contenta, y en ese momento alguien habrá sacado la foto. Pilar no probó. Bueno, ella era más menudita. De chicas era siempre así, yo era la grandota. Después me estilicé. ¿Viste que la abuela nos vestía iguales? Pilar tenía el pelo cortito y yo así, largo. Esas vinchas rojas las había comprado mamá en Buenos Aires. La mía era más dura y me hacía doler la cabeza, pero sino no me sostenía la melena con nada.
No, yo, no sé. No, nunca lo escuché a Tocho tocar el bandoneón ahora que lo pienso. No. Creo que esa noche hablaron de eso y bueno, lo sacó. Pero me parece que dijo que no se podía usar más porque estaba viejo, no sé. Yo igual lo imagino tocando, casi como si lo recordara. O andando en moto, esa es otra. La abuela me contó que cuando ella era chica, Tocho tenía una moto. Pero que después del accidente la dejó de usar. Yo nunca vi la moto en el campo, pero me lo imagino igual con esa cara como la foto de él a los veinte, viste, la que tiene la abuela en el living, bueno, así lo imagino, yendo en moto por la ruta hasta el otro campo, en la Puma.
Lo queríamos tanto al abuelo. Él nos contaba cuentos, y también nos enseñó a andar a caballo y manejar. Tenía mucha paciencia y nos dejaba probar. Como en la foto, ves. Él te dejaba hacer, te miraba de cerca, pero te dejaba. A mi me enseñó a trenzar chinchulines y Facundo aprendió a cuerear. Y eso de manejar, es como te digo, él nos dejaba solos, eh. Se sentaba al lado y te iba diciendo, pero estabas solo frente al volante. Una vez, yo tendría diez años, íbamos con Pilar y el abuelo hasta el cuadro que quedaba pasando el molino. Y manejaba yo, la Toyota. Como era verano, Pilar quizo ir atrás, en la caja. Y yo, no sé porqué, arranqué, y aceleré derecho derecho. Tenía que doblar, y no sé porqué seguí. Mi abuelo me decía "Doblá, María, doblá ahora", con toda la paz del universo. Y yo seguí derecho y choqué contra un árbol. Me asusté. Era un árbol joven, se dobló y estaba medio metido abajo de la camioneta. Mi abuelo me dijo, con toda tranquilidad, eh, me dijo "Bueno, ahora si querés correte un cachito que voy a manejar yo". De atrás se bajó Pilar llorando, por supuesto. Se había golpeado creo. Pero Tocho jamás se enojó. Lo único que nos pidió a las dos es que no le contáramos a Dorita, nuestra abuela.
Y esa de ahí, no sé, debe haber sido una de las últimas navidades que pasamos todos juntos. Después... Después ya no.
Bueno, pero no traigas fotos viejas acá, que se pierden. O se ensucian, bonita, sabés. Ponela de vuelta donde estaba. Y si, puede ser, pero hay que comprar un portarretratos, y hay tantas fotos lindas de ahora, ¿no? Esta mejor guardala.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Aloe Vera

Fue un suspiro, y en él, un mundo.
Aquel no había sido un día común. Por empezar era enero, un enero muy frío, y la nieve aún no se derretía. Había salido al mercado a la mañana. Por accidente subió la mirada y vio en el cielo dibujada una cruz, dos estelas de aviones se habían cruzado en un punto, y ella pensó que el mundo se extinguiría. Que por ahí -por ese punto en la atmósfera- pasaría un cohete inmenso, una bomba nuclear disparada desde la Luna que fulminaría toda vida en la Tierra en un parpadear. Dijo que el mundo se iba a acabar.
Antes de dormir se frotó en las manos la crema que había comprado. De la fricción surgió un aloe vera, un olor aromado de abuela que se le metió en las fosas nasales y fue directo al cerebro.
De las manos agrietadas. Tus manos están rayadas. Y después de secar todo, de noche, viene a darte un beso antes de acostarse y huele a eso. A crema. Y el beso en mejilla es chiquito, modesto, y es pegotoso, porque la crema. Buenas noches.
Y a su abuela en realidad nunca le dijo abuela, y huele la crema y piensa "abuela".
Y huele las manos y dice "abuela", y se pone contenta porque recuerda la cocina, mosaicos blancos, cocina limpia, eneros veranos, mosquitos afuera, puerta abierta (tejido cerrado). Buenas noches bonita. Las manos estiradas. Las pulseras tintinean. Crema.
El remolino de la planta perenne de la familia de las Liliáceas le está revolviendo la materia gris; porque recordar es pensarlo todo, uno no piensa y olvida al mismo tiempo y bajo un mismo aspecto, no, no.
Porque una vez se lo dijo y eso bastó; se lo dijo, si. Lo recuerda. Tu papá es un hijo de puta. La noche el recuerdo la soledad. Qué te pasa, porqué comés así. Estoy mal. Bueno contame. Y una cosa llevó a la otra y le dijo tu papá es un hijo de puta.
Y luego siempre fue el acáandamos, que venido con el tono que viene mejor no la llamaba más. Y al acandamos siguió un no sé, ¿cuándo querrías venir vos? Y bueno llamame antes. No sé, no sé, es complicado.
Y huele la crema y piensa "abuela".
Crochet, cadeneta, medio punto, punto invisible, surcir, calado, dos agujas, tallarines caseros, arroz con leche, no vamos a ir a tu graduación, no sé si quiero que vengas, tu papá es un hijo de puta.
Ya de noche se sienta en la cama, turbada. El amor le pregunta: ¿qué te pasa? Ella dice que tiene calor, se da cuenta que ha transpirado; pero en verdad se pregunta si el destino alguna vez fue de ella.

viernes, 18 de diciembre de 2009

El gerente

Porque, vea, a mi se me está partiendo el corazón, ¿ve? Yo siento esta puntada que le digo acá en el pecho y me parece que me voy a morir. No me estoy inventando los síntomas, eh. No. Me voy a morir por razones biológicamente comprobables. Porque yo le digo que se me parte el corazón es así, se me separan las ventrículas, los dos pares en dos, se me separan, y toda la sangre que se bombea adentro se desparrama por el organismo. Se mezcla toda, la sucia y la limpia, la de las venas y las arterias, cuando se me rompe el corazón pasan esas cosas, ¿ve? Si se me inunda el cuerpo de sangre, doctor, si la sangre no está donde tiene que estar, es tóxica pienso yo. Me voy a morir de intoxicación. ¿De qué? Pero si le digo, de la sangre. Y de la morondanga que flota en el aire. De esas coimas que aletean cuando uno quiere trabajar. Hay cien mil en mi oficina, me picotean todo el tiempo, como zancudos le digo. Claro que si, las conté el otro día. No podía trabajar y me paré en el rincón de mi oficina, donde se junta la ventana con el armario, esa ventana enorme que da a la 9 de Julio, bueno ahí me paré a contar coimas. Cien mil. Una barbaridad. Verdes, por supuesto. Yo por mi profesión andube mucho en el campo, ¿sabe? Claro, y sé que si uno está cerca de una laguna los zancudos no lo joden. Entonces llené mi oficina con vasos de agua. Como no era suficiente, traje bowls y todos los recipientes que encontré en la cocina. Todos llenos de agua. Claro que funciona.
No, quién le dijo que hay tantas coimas. No, no, usted está equivocado. Acá no hay zancudos. Y en mi oficina tampoco.
Pero claro, Adriana, vamos. Allá hay una laguna y los zancudos no joden más. Si, calor hace en todos lados, pero los zancudos no se acercan al agua. Bueno, si querés quedate acá. Yo me voy lejos de estas coimas.
(Y Adriana me contó que se fue como loco malo, y él me dijo que en la laguna no había zancudos.)

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Spirits

La gota de vino tinto que resbala en el paladar había mojado su ombligo "we drunk the spirits" she said "we sniffed the spirits" I said la alimentaba con gotero que salía de sus dedos con la lengua acariciaba el manjar y con la piel lo envolvía lo dejaba lo aceptaba lo llevaba alguien podría haber dicho que se fundían pero no las gotas se mezclaban con las de sudor entraban salían jugaban se escondían un día juntos ascendieron, juntos se elevaron en medio del aire, tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos corazones y todo lo demás por duplicado no les alcanzó la piel para contener la alegría y en medio del eter explotaron.
Alguien dijo una vez "Aquí hubo dos chicos que mucho se querían aquí hubo, si, y un día desaparecieron. Nadie sabe qué pasó nadie sabe, rastros no hay, ¿verdad señora?". "No sé", contestó la detective, "en estas sábanas sólo hay polvo de estrellas".

domingo, 25 de octubre de 2009

Huerta

Un tomate cherri, rojo, redondo.
La cafetería estaba vacía. Los tubos blancos en el techo quitaban toda pizca de calor a la luz, que no perdonaba los rincones. Yo estaba sola, sentada en una mesa para muchos. Mi bandeja me miraba. Tenía verduras crudas: algún que otro bastón de zanahoria, lechuga de muchos colores, repollo. Una sopa de algo con pan. Una feta de queso ahumado prometía deleite. Y yo estaba contenta, habían quedado tomates cherri después de la horda.
Tomé este. Mordí un costado. Su piel tirante, roja, se abrió. Un sabor ácido inundó mis papilas del gusto y las semillitas se dieron a la fuga. De pronto me pareció que el tomate tenía boca, y me dijo: huerta.
De un momento a otro seguía siendo de noche, si, pero hacía calor. Miré a mi alrededor sorprendida: estaba oscuro, apenas podía ver con una lámpara amarilla que colgaba de algún lugar. La casita de los quesos. Mis pies sin hojotas moldeaban el barro y mis dedos jugaban a esconderse por turnos en su negrura. Tenía una malla entera y un short. Hojas multirraciales me acariciaban la piel con espinas y los mosquitos se regodeaban en su tiranía. El pelo se me pegaba en la cara y los brazos me goteaban desde arriba. De pronto ese aroma me golpeó la cara toda: era ácido y dulce, y también olía a hojas verdes rotas. Los tallos, vestidos de pelusas verdes gentiles, se esforzaban por ser rastreros, pero alguien los había atado a cañas para poder cosechar: yo. María apurate con esos tomates, que ya es tarde, pichona. Dale, así después vamos a casa y nos metemos a la pileta antes de cenar. Mi abuelo, sin piernas enclenques, ni vejez, ni ojos perdidos. Mi abuelo.
Mañanas y tardes, ir a la huerta, hermanos, caballos. Desenterrar zanahorias, quitarles la tierra con el agua del tanque, morder. Dulzura. Media zanahoria para mi, media para el caballo. No tengas miedo, no te va a morder. ¿Viste cómo le gusta? Se la comió toda. Ahora te huele porque quiere más. Pasar los dedos por las hojas de las frutillas, no pisar los zapallos, cortar laureles para Dorita, desenterrar papas. A mi, del corazón, me salen papas.*
Un segundo después, la cafetería sigue siendo muy muy blanca, afuera hace frío y el tomate parece ya no tener más nada para decir. Y a mi, del corazón, me sale sangre.

*línea tomada de este poema

martes, 15 de septiembre de 2009

No alcanza

Su rostro no está. Él está ahí pero ya no es. La oscuridad deshace la mitad de su cara, y en un delirio a ella le parece ver cómo se desfigura. Un ojo se desprende y flota en el eter, pegado aún a la ceja, pegadas aún las pestañas, se aguzan los ojos y penetran, quieren decir miles de cosas, sólo caben algunas cuantas decenas de palabras. La oscuridad, que deshace las cosas, le carcome la mitad del rostro, la otra mitad bañada con luz de luna púber, es fría, no alcanza. Ella ve el rostro de él y le parece que es otra persona, los poros de su piel se hacen evidentes, en las curvas de su cara reposa la desesperación. No entendés que no me alcanza. No. Que te abrazo y no me alcanza. Te aprieto fuerte y no, no te metés adentro mío, abajo de mi piel, no, conmigo, no, te me vas y no me alcanza. Ella triste lo abraza, con las piernas, lo abraza, con el cuerpo, y con las yemas repasa su cara.

Acostados en la cama, él presiona. ¡No ves que no me alcanza! Lágrimas suicidas, sábanas mojadas. Sus manos en el cuellos presionan, presionan. ¡No ves que no me alcanza! Las de ella manotean, una cara que no está. ¡No ves que no me alcanza! Aprieta. Cierra. Hablame, decime algo. Te necesito, ¿no te das cuenta? No. Sus piernas se aflojan. Ya no lo abraza. Lo mira, pero no respira.

martes, 1 de septiembre de 2009

Niños que no duermen II

De chica no tenía problemas para dormir. Hay nenes que les dejan la luz prendida del baño, o cajitas musicales abiertas hasta que se agota la cuerda. Yo no. Jamás. Momento, estoy mintiendo. Una noche, yo tendría unos diez años, estábamos en la casa del campo. Me desperté porque había tenido una pesadilla. No quise llamar a mi mamá desde la cama. Ya lo había hecho antes, y siempre terminaba llorando. Es que el pasillo que separaba mi pieza de la cocina era muy largo, y la puerta, muy pesada. Mi madre se quedaba charlando con mi abuela después de acostarnos, y si alguno de nosotros llamaba, no nos escuchaba. Cuando yo gritaba “¡Mamá!” por décima vez, mi voz se quebraba. No sé porqué, sólo recuerdo sentir una angustia terrible. A veces escuchaba las risas en la cocina, y toda la situación se me hacía un abandono insoportable.

Así que esa noche, la de la pesadilla, decidí levantarme porque no quería llorar. Encontré a mi mamá en el baño, se estaba mirando al espejo con la puerta abierta. Se tocaba la cara, tenía un moretón y estaba llorando. Yo me asusté, los padres no lloran. Hice un ruido al respirar y me tapé la boca. Mi madre me vio y cerró la puerta al instante. Entonces me di vuelta y vi que venía mi papá. Salía de su habitación, estaba desencajado. Al verme, su gesto se ablandó. Yo me asusté, me metí en mi pieza y cerré la puerta. Las sábanas estaban frías.

Durante un tiempo, después de esa vez, mi mamá me contaba cuentos de princesas para que me durmiera. Nunca hablamos de la vez de la pesadilla. Una noche, antes de que se fuera, le pregunté.

- Mami, ¿a las princesas les pegan? - me miró fijo y pensó unos segundos.

- No - su voz era firme. -¿Me oís bien? A las princesas no les pegan nunca - me tapó, me dio un beso y se fue cerrando la puerta.
Ese fue el último cuento, el número treinta. Y luego pude dormir siempre sin problemas. Hasta hoy.

martes, 25 de agosto de 2009

Niños que no duermen

Recién soñé. Pero tenía los ojos abiertos, qué raro. (No, no es raro, me pasa seguido.) Estaba durmiendo en mi cama y escuchaba un ruido terrible. Una bala había roto mi ventana y se dirigía a mi frente. De pronto se detenía. Se le abría una boca y me empezaba a hablar. “Deberías dormir”, aconsejaba. (Qué bala de mierda.) Me hizo acordar a esa vez en la casa del campo. Yo era chiquita. Estaba durmiendo en el cuarto del fondo y de pronto me despertaba un escándalo de botas contra el piso de madera. Me levanté a ver qué pasaba. Mi abuelo, mi tío, mi papá entraban a la sala y tomaban los rifles de la pared. Yo pensaba que eran decorativos. “Hay un zorro en el cuadro del molino”, dijo uno. Me fui de vuelta a la cama. Me dio miedo que alguien usara esas armas. Durante un largo rato, hasta que me dormí, escuché los disparos. Me imaginaba zorros con la cabeza partida en dos, el hocico chorreando sangre de oveja. De tanto en tanto me despertaba un tiro, que se me hacía cercano. Me paralizaba la idea de que uno atravesara mi ventana y se enterrara en mis sesos.

martes, 18 de agosto de 2009

Vidrio en sangre

Y ahora claro, mirá. Veinte mil astillas de vidrio que se quieren meter. Que se quieren meter en mis venas, claro. Veinte mil pedacitos nadando en torrentes de sangre, pedazos chiquitos que a la luz brillan y parecen plateados y yo entonces me pregunto si son tantos ¿no? me pregunto cuánto faltará para que me corra mercurio por las venas. Porque después de todo estos brillitos plateados parecen gotas de aquel metal y me salen de las venas, si. De mis adentros. Yo pienso si todo ese vidrio se me está metiendo ahora o si ya lo tenía. Y si de las veinte mil astillas que en sangre nadan, de todas, una se me entierra en el corazón, por ejemplo, ¿qué? ¿Empezaré a producir vidrio por bombeadas? No sé. Tal vez esa mínima astillita se me encalla en el músculo, que se rompe, se rompe, se inunda el cuerpo de sangre, de sangre se llena todo la piel lo contiene y un día explota.

Esas cosas me pasan a mi. Como esto, por ejemplo. Los vasos que caen se rompen a lo sumo en cuatro pedazos. Cinco, qué locura. Y todos grandes, alguno pequeño. Pero no veinte mil astillas. Y a quién se le ocurre prender la luz a las tres de la mañana igual.

Quería saber a qué te levantaste a esta hora.

Estoy mirando por la ventana.

Mirando qué.

Qué te importa Alfonso. Mirando. Qué tiene de malo mirar por la ventana por dios.

Estás enojada porque se te rompió el vaso.

Algunas veces pienso, y últimamente más de dos al día, que cuando aquel hombre me preguntó si pensaba amarlo para toda la vida tendría que haber dicho si. Si, y también juro odiarlo hasta que la muerte nos separe, que no es un compromiso menor.

Por la noche cuando miro por la ventana de la cocina pienso que la oscuridad del patio es enorme. Infinita. Que cualquier día podría meterse alguien por la medianera bajita y entrar a la casa a robar. Alguien. Un hombre. Me lo empecé a imaginar. Dos tipos desencajados, con los ojos para todos lados. Que se acercan a la ventana y miran huelen con los ojos sienten con la lengua miran. Y yo me quedo mirando ratos largos de noche y los hombres nunca llegan. (Si se me sigue metiendo vidrio en las venas la sangre roja se hará mercurio. Lo dice clarito ahí, en el libro.)

A Alfonso no lo sentí entrar en la cocina. Pero cuando prendió la luz vi una cara en la ventana. La mía, desencajada. Dejé caer el vaso. Sin querer. Me había olvidado que lo tenía entre los dedos. Era mi cara. No había un loco que entrara en mi casa era mi cara. No había un loco. (Saltar por medianeras ajenas, degollar vecinos tomar de sus gargantas las cuerdas armar con ellas guitarras. No.) Un loco. Que viniera. Y me llevara.

lunes, 3 de agosto de 2009

Se me escapan, las palabras

Humo, hay olor a. El hogar hecho de ladrillos, hechos de algo color naranja, alberga el fuego que prende, prende, se aviva y quema. La madera, quema. Yo tengo los pies fríos. Los pies de alpargatas y medias no tan gruesas. Es invierno, a pesar de que. Y yo meto, entonces, los pies, el pie que se me congela, porque siempre es uno, siempre el mismo, siempre no pero hoy se me ocurrió venir y meterlo en el hogar. Arriba del tronco que arde. Uno podría pensar, ahora que lo pienso, que el tronco está muriendo, pero no. Ya se murió antes, cuando lo cortaron. El hogar (desde esta perspectiva) parece un viejo. Su boca de ladrillo a la vista parece decirme "estoy cansado. Estoy cansado María. Estoy cansado María de quemar". Pero no, se limita a lanzar bocanadas de humo y yo viajo. Porque los hilos grises que del tronco ardiente (que del tronco ardiendo, que del tronco ardiente) se desprenden a mi me hacen acordar a tantas cosas. Mentira. Me llevan siempre al mismo lugar. Y yo sin querer me subo en esa canoa y viajo, porque conozco el lugar, pero cuando llego ya estoy ahí y no lo veo. Y es el campo, si, el campo en invierno, si, pero ¿qué del campo? No sé. Es el campo en invierno. Y el olor a humo para mí es el olor al campo en invierno. Y a pesar que la casa está limpia, la mitad huele a Glocot de lavanda y cuando uno se acerca al centro hay olor a humo. (No, no hay olor a humo. Aunque si.) Hay olor a hogar. Es lindo, si, por momentos, el olor a humo, pero a veces el viento del sudeste es más persistente y se nos llena la casa de humo.
Recuerdos, se nos llena la casa de.
En la memoria, me ahogo yo a veces.
Los recuerdos me superan, los invento y me los creo y los escribo y los cambio. Acá, arriba del hogar, el humo me hace bien, si, pero ahora me arden las piernas, si, me arden pero no del frío, no, me arden del fuego, si. Se me ha llenado el corazón de humo, si, y yo que no sé cómo hacer para que vuelva a correr la sangre, no. Podría degollar un cordero en el patio, al fin de cuentas vi cómo lo hacía mi abuelo desde los cinco años, si, podría hacerlo, manejo el cuchillo a la perfección, podría hacerlo y beberme la sangre. Y dejar de escribir. Si. No podía escribir. No podía. No puedo. Se me escapan, las palabras. Voy a degollar un cordero.

martes, 14 de julio de 2009

Tocho

El mundo se cae a pedazos y nosotros disparamos nos decía mi abuelo nos grababa en las retinas las expresiones de sus ojos en los tímpanos las curvaturas de su voz y nosotros los tres lo mirábamos sin pestañear lo mirábamos él nos contaba cuentos siempre de noche antes o después de la cena nos contaba muchos nos leía libritos que estaban coloreados y llenos de dibujos del Tío Rico y sus tres sobrinos de Charito la Chatilla que tenía castañuelas y era de Sevilla cuentos del Quirquincho que decía que había un zorro muy vivo que siempre embromaba a un tigre muy Tigre pero muy lento y había frases que no eran malas palabras pero nos hacían reír y mi abuelo las entonaba siempre ponía matices en su voz siempre y decía que ni la misma madre que lo re parió lo hubiera reconocido y nosotros reventábamos de risa siempre reventábamos y Madre fruncía el ceño y decía que parir era una mala palabra y Padre dejaba de reírse para decir que no y en todo caso ya no importaba porque el abuelo seguía leyendo pero el que más nos gustaba era el del gallo y la gallina faraona que lo sabía de memoria y lo contaba siempre igual aunque a veces le cambiaba algunos detalles y le agregaba animales nuevos la cuestión es que había un gallo y una gallina faraona durmiendo en lo alto de un eucalipto y en medio de la noche los frutos empezaban a caer toc toc Abuelo golpeaba nuestras cabezas toc toc los frutos del árbol golpeaban la cabeza de la gallina que se asustaba y despertaba al gallo y le decía que debían marchar pero por qué porque el mundo se cae a pedazos entonces bajaban del árbol y en el camino de huida otros animales les preguntaban qué hacían y el gallo y la gallina siempre respondían el mundo se cae a pedazos y nosotros disparamos cuestión que al fin de cuentas era una horda importante de animales que buscaban dónde dormir antes del fin del mundo y todos se metían en una casa que encontraban abandonada en el camino porque después de todo era invierno y hacía frío entonces todos los animales se acomodaban en lugares diferentes y el gato en la estufa que todavía estaba calentita la cuestión es que esa misma noche unos ladrones entraban a esa casa buscando refugio y casi le prenden fuego los ojos al gato porque los confundieron con brasas y todos los animales se despertaban y empezaban a hacer ruidos y mi abuelo hacía todos y en el medio seguro estaba el perro el Willy que trabajaba en el campo y probablemente fuera el mejor perro del mundo y al fin de cuentas los ladrones huían despavoridos y al campo lo salvaban los animales.

Y el otro día el otro día el otro día hace bastante y durante un tiempo ya que me pregunto de dónde me viene esta necesidad de narrar de escribir cuentos de inventar historias de dónde de dónde y pensé que tal vez era sólo mío si puede ser y también puede ser que mi abuelo tuviera mucho que ver con eso y de esto me di cuenta el otro día cuando estaba mirando el noticiero y sin querer dije en voz alta el mundo se cae a pedazos y nosotros disparamos.

















Mi

abuelo

Tocho

lunes, 13 de julio de 2009

Gurruchaga

Y vivíamos en un departamento en la calle Gurruchaga ahí vivíamos cuando llegamos a Buenos Aires tenía dos ambientes y éramos cinco la cocina era chiquita en el living estaba la mesa grande larga de algarrobo y alrededor corríamos nosotros siete cinco y cuatro años teníamos y Facundo devolveme mi muñeca y no se la des no se la des Pilar sos una traidora no te quiero más y el de siete se reía corríamos corríamos  alrededor de la mesa y Señora llévese a esos chicos al campo a esas bestias decía el viejo borracho del piso de abajo del bloque de enfrente y yo era chiquita pero miraba por la ventana y veía la botella de vino vacía las pilas de libros el desorden la vejez la decadencia todo en un marco todo en una ventana y yo veía y pensaba que si algún día le veía la cara a esa voz me iba a dar miedo me iba a dar miedo cuando durmiera y los pasillos eran oscuros y tenían botones rojos de luz el ascensor tenía rejas de rombo y yo pensaba que si metía el dedo y lo sacaba rápido después de llamar al ascensor no me lo iba a arrancar Madre me retaba siempre me retaba el baño era chiquito y era uno y en el camino estaba el lavarropas Madre lavaba ropa cuando no la veíamos porque así estaba más tranquila y había dos camas en el living y un colchón en el piso donde dormía Pilar y a veces nos turnábamos era divertido porque parecía un campamento cuando me tocaba a mí me gustaba jugar con las puertas del modular pegado a la pared pegado a la mesa abajo del teléfono que colgaba de la otra pared con el cual Madre se enteró que Abuelo se cayó y se quebró la cadera y Padre una vez probó de marcar nuestro número y el teléfono sonó y él se rió y a mí me dio risa y a veces pensaba que me gustaría que me salieran alas para que cuando Madre me rete me fuera volando por la ventana y no tener que estar ahí escuchando lo que hice mal que me salieran alas para irme volando por esa ventana del living esa ventana que daba al patio interno del edificio era chiquito y creo que estaba partido por una pared y era el patio más feo y ridículo que podía uno haber visto a los cinco años no era como el patio de la casa de Mendoza este tenía las paredes más altas del mundo y en este departamento que digo jugamos gritamos corrimos y tomamos Nesquik de frutilla una tarde porque creímos que nos iba a gustar. 

Y cuánto vivimos en Gurruchaga Madre un año y medio. 




A mi


me pareció



mucho 

menos

tiempo. 














Que 

me salieran 

alas.


lunes, 25 de mayo de 2009

No te mueras

Notemueras, le dijo su hija al costado de la cama, porque tuvo un segundo de aliento y no le alcanzó el tiempo para decir más. En la sala de hospital, Eldo respiraba y no despertaba, y no despertaba, y todos estaban, todos estaban. Dos vacas, dos terneros, tres gallinas, un carnero, dos ovejas, su perro laburante - el Pistola - dos caballos y la hija. 

- Mujer grande, cómo llora - comentó una gallina a la otra. 

- Y bueno Clivelia, cada cual hace lo que puede - la huesuda de plumas viejas hacía equilibrio sobre el abdomen de Eldo, y con el pico le acicalaba la herida, la costura recién hecha de la operación, de entre los hilos que se meten y salen - se meten y salen - de la piel papirosa del pecho del viejo gaucho. 

Los animales braman, balan, mugen, gritan. Su perro sólo lo miraba y le lamía los pies. Y Eldo no despertaba, no despertaba. 

- Notemueras.Yo no entiendo, yo no entiendo.  Cuando era chiquita me dijiste, me enseñaste, que las familias son unidas, que las familias se querían, que todas las familias felices. Y yo no entiendo, yo no entiendo. ¿Qué le digo yo a mis hijos? Notemueras, notemueras. Justo ahora notemueras, está todo tan mal.-

Las vacas estiraban su lengua y le lamían la cara, peinaban sus pocos pelos grises para un lado, le limpiaban los ojos. 

¿De qué habla esta mujer?, quiso saber el equino. Los hermanos se pelean, ¿no es esa la ley primera?, mugió un ternero, pero esa no se la acordaban. 

Y de pronto los animales callaron y don Eldo despertó. Ya todo era oscuridad en esa habitación de hospital. Don Eldo había estado operando a una vaca en sus sueños, para sacarle del vientre un ternero, y todavía se miraba las manos cluecas, duras. 

- Papi, ¿qué hacés?- ella era alegría y sorpresa. 

- Estaba operando una vaca, Tiquita, le hacía cesárea, yo era bueno.-

- Ya lo creo, hace diez años hizo mucho por mi.-

Don Eldo se dio vuelta y sonrió a la lechera. 

- Papá, quedate quieto, estás alterado. -

- ¿Acaso pueden estar todos estos animales aquí? Mirá, esta gallina me está picoteando los puntos del pecho.-

- Pa, ¿de qué hablás? Aquí no hay nadie. Estamos solos.-

- Su hija, don Eldo, estuvo llorando.-

- Si, está como perdida.-

- Dice que usted le mintió cuando chiquita.-

- ¿Es cierto eso don Eldo? ¿Es cierto?-

Los animales braman, los animales gritan. 

- Qué feo. A los chicos no hay que mentirles. Son chicos pero no boludos.- Clivelia ponía cara de ingrata cuando sermoneaba. 

- Shu, shu, ¡fuera de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Qué saben ustedes! ¡Bestias!- don Eldo se agitaba en su cama, se agitaba. Era grande y robusto, su agilidad había quedado en la sala de operaciones y su cuerpo le pesaba más que de costumbre. 

- Papá calmate, por favor, no pasa nada. Acá estamos solos.-

Don Eldo giró la cabeza con dificultad. Le costaba sacudirse el peso de las miradas de las bestias, bestias, bestias, que gritaban cosas horribles con sus silencios sepulcrales. 

Su hija lo contemplaba con ternura. Había paz en sus ojos, paz, como la calma que sucede al huracán. 

- Hija, ¿qué te sucede?-

- Nada papá, estoy contenta que hayas despertado.-

- Ella dice que usted la estafó, don Eldo, que la familia no es lo que usted le enseñó.-

Y entonces él le hubiera dicho tantas cosas. Que nunca le quiso mentir, no. Que se equivocó, si. Que él no sabía más de la familia de lo que sabía ella. Que solamente le expresó su deseo, y que no lo había podido cumplir. Pero todo eso ella no le hubiera creído. Lo habría tomado por loco, por tonto, o drogado. 

Entonces la miró con los ojos llenos, muy llenos, y habló. 

- No te preocupes, que así vas bien. 

Y ella, en el fondo, supo.

domingo, 24 de mayo de 2009

Papel

Ella espera cartas. Cartas de gente que le dijo que escribió. Y no llegan. Pero, ¿le dio bien la dirección? Si, le dio. Calle, número, código postal de letra-número-número-número-número-letra-letra-letra, localidad, partido, provincia. Todo todo. Con la mano derecha abre la puerta reja, da un paso, gira sobre su propio eje, al tiempo que cierra la puerta, abre la de la casita del correo. Nada. Esperar en un mar de palabras, esperar. 

El correo electrónico no es lo mismo, no. Con ceros y unos te cuento que ayer llovió, que estuvo bueno verte, que los merenguitos empalagan, que nos juntemos a comer pizza todos el domingo. Por carta te digo que te quiero y que te pienso. Y vos podés ver las curvas de las letras, la tinta amontonada en algunas vueltas y en otras no, la rugosidad del papel, las hebras diminutas - ¿las ves?- que no se pisotean siempre igual, no. Con tinta ves el proceso de mis pensamientos, las palabras que me cuesta escribir, los tachones. El papel habla de más.

Ella quiere escribir una carta de amor en su pecho. Usar su dedo en vez de birome, y en vez de tinta, su sangre, así desagota el corazón que se le inunda y no se muere ahogada en sus propias emociones.  

Él le dijo que su piel es como un papel. Que en su torso iba a dibujar constelaciones con sus pecas. Y se doblan y se juntan y hacen cisnes con dos hojas. Papel boligoma papel; y todo pega papel con papel. 

Él le dijo que la quería. Papel carbónico. Ella le dijo que también.