domingo, 24 de mayo de 2009

Piedras

¿Ves como sos? Sos como una piedra, suavecita, que se deja acariciar. Si yo te hago mimo acá,¿ves? ¿Ves como te quedás? Te re gusta que te acaricie. 

¿Y viste como son tus ojos? Son como verde petróleo. Si los mirás a contraluz, tienen como líneas finitas amarillas. Y cuando vos me mirás así, con esa cara, y no me decís nada pero me decís todo, cuando pasa eso, listo, ya está. Yo me hipnotizo por el hueco negro de ese aljibe y me caigo al pozo sin fondo, y me creo que me querés. Te cuento una cosa. Te advierto, mejor. Si llego a tocar el fondo de ese aljibe, porque resulta ser que al final no era un pozo sin fondo, me rompo. Yo también soy como una piedra suavecita, ¿sabés? Si me rompo me vuelvo filosa y áspera. Y si me parto en mil pedazos allá, en el fondo del pozo casi infinito, voy a querer juntar todos mis pedazos de cristales rotos y tragarlos para morir. 

Tu corazón también es como una piedra a veces, ¿sabés? Si, cuando me ignorás sos así un poco. 

Yo colecciono piedras. Son chiquitas y de colores. Son bonitas, por eso las guardo. Me hacen acordar a los lugares que visito. Las guardo en una cajita de cartón corrugado, perfectamente cuadrada, que tiene un pato celeste pintado en una cara. Ahora vos sos la piedra más linda que tengo. 

Pero no me ignores. Hablame. Hablame por favor. Hablame. Te mando un mensaje intermental para que me hables. No te voy a hablar yo primero. Hablame. Hablame. Hablame. 

Hola bonita. 

=) Hola.

viernes, 1 de mayo de 2009

Mononucleosis, no. Mutación, si

¿Sabe qué doctor? Yo no creo que esto sea mononucleosis, no. Yo estoy mutando, doctor. Me estoy convirtiendo en sirena. ¿De qué se ríe? En serio le digo.

¿Si estuve viendo mucha televisión? Si, digamos que un poco. Pero no lo saqué de ahí, ¿eh? Aunque si aprendí muchas cosas. Por ejemplo, que las mujeres pueden tener los huesos frágiles. Y qué bueno que existe Ser Calci Plus, que te aporta la mitad del calcio que precisás, y así Claribel Medina no tiene que engordar. También aprendí que tendría que haber tomado Actimel, que ayuda a reforzar tus defensas naturales. Que mis dientes nos se sienten tan limpios, y es por la placa. Que el ochenta por ciento de las bacterias no están en mis dientes.

Pero no le hablo de eso doctor, no. Yo estoy mutando, ¿no se da cuenta? Para mí que estas pelotas que tengo en la garganta no son ganglios inflamados. Son los pulmones que se me están desplazando. Me van a salir branquias, ¿se da cuenta? Para respirar abajo del agua, porque me estoy convirtiendo en sirena. Estoy terriblemente agotada, aún cuando estoy tirada en la cama. Ir a la computadora y chequear mis mails se me vuelve un mundo. ¡Queda todo tan lejos en mi casa! ¿Sabe porqué es eso? Porque el aire me pesa. Necesito estar en el agua. Ese es mi ambiente natural. Mire mis dedos, ¿ve? Pronto me van a salir uniones. Y me duelen las encías. Es porque mi dentadura se está achicando. El otro día a la noche tenía un poco de hambre, pero poquito. Y el pastel de carne que había para comer no me provocaba ni un poco. Terminé comiendo dos palmitos, pero cortado bien chiquito. Eso lo puedo comer porque es blando, ¿entiende? Y yo creo que eso tiene que ver con mi mutación también. Si, porque las sirenas comen algas y mojarritas, nada de difícil digestión. Y otra cosa, ¿usted me escucha cuando hablo, doctor? ¿Ah, si? Bueno, entonces la voz debe ser lo último que cambia.

Entonces, digo, ¿para qué hacerme los análisis de sangre? Cuando me salga mercurio, doctor, todos se van a dar cuenta de lo que está pasando. Y me van a querer encerrar, ¿ve? Para hacer experimentos y poner a prueba mi mutación. ¿Es eso lo que usted quiere, doctor? ¿Eh? ¿Me quiere encerrar para hacerse rico con mi condición? Si, si, yo me voy a calmar. No, no, no, esto no tiene nada que ver con los 40° de fiebre que usted dice que tengo, no.

Si, bueno, yo me hago esos análisis de sangre de morondonga. Y cuando me salga mercurio en vez de glóbulos rojos hablamos, ¿de acuerdo? Va a ver que tengo razón.


* ilustración de Antis Dibuja

martes, 21 de abril de 2009

¿Dale que vos eras la decoradora y yo la dueña de casa?

- Hola señora, ¿cómo le va? – preguntó Martina.

- Bien, bien, ¿y usted cómo anda?- le contestó Amalia.

- Muy bien, ¿qué tal ese bebé? ¿Cómo se porta?-

- Ay, es un santo. No me llora nada.-

- No, pará, Mali, pido. Es re aburrido jugar a la señora. Ya no sé qué preguntarte. Vos re viva, porque tenés el bebote y podés hacer un montón de cosas. Yo no tengo nada, así cualquiera.

- Bueno, Martina, ¡¿qué querés?! No lo puedo dejar solo, pobrecito, ¿no ves que llora? Juguemos a otra cosa, pero yo lo tengo que tener. ¡Ah! Ya sé, juguemos a la mamá.

- Ay, no, eso es re aburrido. Siempre tengo que hacer yo de bebé y no puedo hablar nada.

- Ay, ¿ves Martina que al final no te gusta nada de lo que te digo? Es re aburrido jugar con vos. Bueno, Pedro, bueno, no llores.

- Amalia, dejá de zarandearlo, ¡es un muñeco! Y callate un rato, que estoy tratando de pensar.

- ...

- ¡Ah! ¡Ya sé! Vamos a hacerle un regalo a mamá. Vamos a decorar el jardín.

- ¡Uy, si, qué bueno! ¿Y qué podemos hacer?

- No sé, pero mirá esa pared del fondo, ¿no? Esa grande. Es muy blanca, ¿no te parece? Tendríamos que levantarla con algo, darle un poco de color.

- ¿Traigo las fibras?

- Ay, no Amalia, tiene que ser algo artesanal. ¿No te acordás como se enojó mamá el otro día cuando dibujamos la pared de la pieza? Nos puso en penitencia y todo. Tenemos que hacer algo que no parezca que lo hicimos nosotras, ¿entendés? Algo que pueda ser que lo hizo un grande. Podemos hacerle pintitas rojas, es re sobrio.

- Bueno, pero no entiendo mucho, ¿qué quiere decir artesanal? ¿Y qué es sobrio?

- No sé, después te explico. Ahora tenemos que trabajar.

- Bueno, podemos usar esas flores del borde, que tienen muchos pétalos rojos. Los apretamos contra la pared y quedan todas las pintitas rojas. Yo sé porque el otro día me guardé una flor en el cuaderno y cuando lo abrí estaba todo manchado de rojo. Un pétalo nos debe alcanzar para varias pintitas. Y con la cantidad que hay seguro llegamos a pintar toda la pared.

- Bueno, dale, vos empezá por esa punta y yo por esta.

 

---

 

- Listo, a mamá le va a encantar.

- Vamos a esperar que llegue.

 

---

 

- ¿Qué hacen las dos ahí sentaditas? ¿Qué se habrán mandado ahora? ¿Qué...? ¡Qué! ¡¡Qué hicieron!! ¡¿Qué le hicieron a la pared?! ¿Pintaron la pared con las fibras? Bueno, de última eso sale con agua, pero igual... Pero, ¿y mis geranios? ¿A ver esas manos? ¿Usaron los geranios para pintar la pared? ¡¿Pero a quién se le ocurre?! ¡Encima tenemos que entregar la casa en cinco días! Ahora, agarran un trapo húmedo las dos y lo limpian. Y después les digo cuál es su penitencia.

- ¡Fue idea de Martina mamá!

- ¡Callate Amalia, vos también querías!

- ¡Ah, lo único que falta ahora, que se peleen! Van y lo limpian. Las dos.

- (Uf, qué desagradecida. Encima que trabajamos toda la tarde... )

- ...

- Martina, ¡no llores!



 En el fondo, la dichosa pared; que de tan dichosa tan dichosa era la envidia de todas las paredes de todas las casas del mundo. 
(Esto es muy cierto)

lunes, 20 de abril de 2009

- ¿Sabés qué? No. Mejor no. – dijo ella.

Y piensa:
Mejor no me termino enganchando con vos. No. Mejor no sigo pensando en vos toda la semana hasta que te veo. No. Y así evito que tu boca se convierta en el aire que necesito para respirar, que tu perfume sea como esas líneas de merca, que tu piel sea mi mejor abrigo. No.

- ¿No qué? ¿No querés ir al cine? – le dijo él.

No te entiendo flaca. Pensé que querías ir al cine.


- No. Mejor no. –

¿No te das cuenta que si yo ahora me meto con vos me vuelvo dependiente? Que espero que te conectes. Que voy a necesitar que me hables. Que me preguntes cómo estoy. Que me digas que estoy linda. Que me invites al cine. Que me mandes un mensaje. Que me des un beso por semana, mínimo. No quiero. No. Bueno, en verdad si quiero, pero no. Me da miedo. Es mucho para vos, es mucho para cualquier persona. Por ejemplo, ahora, ¿qué estás pensando?


- ¿Qué estás pensando? –

Él la mira, aprieta los ojos.
- No sé, nada, pensé que querías ir al cine.-

- ¿Eso sólo estás pensando?-

No te entiendo flaca. – ¿Y qué más voy a pensar? Recién me dijiste que no querías ir al cine, y me puse a pensar cuando la semana pasada me dijiste que querías... y ahora se te fueron las ganas parece. –

- No, no es eso. No quise decir que no quiero ir al cine. –
Te quise decir que si seguimos saliendo me vas a gustar. Mucho. Y va a estar re copado. Y después te vas a aburrir y me vas a dejar. Y me vas a romper el corazón. Pero ya está, no importa. ¿Sabés qué? Tomá. Abrí la mano. Poné las dos manos, así no se te cae, porque te va a dar impresión la sangre que todavía bombea. Acá está, tomá mi corazón. Hacé con él lo que quieras.

- No te entiendo flaca, ¿qué hacemos?-

- No sé, ¿vamos al cine? –

- Bueno, dale.-



En otro rincón
del la blogosfera,
dibujó
una historieta similar.

martes, 31 de marzo de 2009

Lo que sé

A veces pienso qué poco control tenemos los mortales sobre el tiempo que intentamos dominar. O cómo intentamos entender su comportamiento, aplicando categorías tan absurdas como las horas, los minutos y los segundos.
Por supuesto, de algo tienen que estar rellenos los días, las semanas, los meses. Las estaciones del año, las décadas, los siglos. Pero, ¿se han puesto a pensar lo ridícula que es una hora? Si uno se está divirtiendo y la pasa bien, la hora (o las horas) pasan rapidísimo. Mientras que si uno destila cantidades exorbitantes de aburrimiento, esa hora se vuelve como un traje de plomo macizo con el que tenemos que caminar diez cuadras bajo el fulminante rayo del sol. ¿Qué sentido tiene, entonces, inventar algo tan ridículo como una hora?
Seguido a esto, con frecuencia pienso si las categorías del tiempo son un invento o un descubrimiento. Una vez leí en un cuento que una chica decía que el tiempo es sólo una categoría mental. Que en sí mismo no existe. Esta idea me turbó. ¿Qué clase de agitadora se cree esa escritora que es, cuestionar de esa manera lago tan establecido y convenido como el tiempo? Luego, hablé con Padre – estudioso de la Tierra – y le planteé la cuestión. Después de pensar unos minutos, contestó: “No, María, evidentemente el tiempo en sí mismo existe. Si no, las plantas no morirían, y tampoco las personas. Eso da cuenta del paso del tiempo. Lo mismo sucede con la evolución de las especies y con las eras geológicas: ninguno de estos procesos existiría si no se diera un período de tiempo considerable”.
Bien, entonces el tiempo existe. El problema es la ridiculez de su administración. Y esto parece apreciarse también en la diferencia entre la vida de campo y la vida de ciudad. En el campo los tiempos son siempre iguales, las cosechas siempre tardarán tres meses en dar ganancias (o al menos en equilibrar costos), vacunar animales lleva siempre una mañana entera y sembrar un cuadro puede llevar dos o tres tardes. Categorías como las horas pueden llegar a tener sentido en el campo.
Pero el tiempo es el gran tirano en la gran ciudad. Allí maneja a todos a su antojo, se apura cuando menos uno se lo espera, y de pronto se acaba antes de que la gran mayoría llegue a hacer las cosas que se planteó para ese día. Somos siempre esclavos del tiempo en la gran ciudad. Por ejemplo, me levanto a las ocho para escribir cuatro textos que ya existen en mi cabeza. En verdad debo escribir dos de cero y arreglar otros dos. ¿Porqué me levanto tan temprano? Pues mi tarea se verá interrumpida varias veces.
“Dice papá que lo llames”. Bien, lo hago. Me pide algo del mail, de paso chequeo mails. Tengo quince en una casilla. Tengo tres diferentes, y empiezo a buscar el mail por las dos en las cuales no está. Lo encuentro y se lo envío. Chequeo Facebook. Todo el asunto me lleva una hora. Madre me pide que ordene la cocina, donde ya desayunaron cuatro y donde se cocinó el almuerzo del hijo que se va a trabajar. Eso más mi desayuno, otros cuarenta y cinco minutos. Arreglo un texto y escucho las campanadas. Me alegra saber que recién son las diez. Paso el texto a la computadora. Tocan el timbre, la modista. Que si, que no, que después. Chau. Madre le contó a mi madrina de mi viaje y está llamando por Skype. Si, re lindo, re contenta, nunca me fui tanto tiempo. Buenísimo. Te mando besos; son las once. Tocan el timbre, el sodero. Seis sifones y un bidón, 18 pesos. Gracias chau. La chica que plancha terminó. ¿Madre? No, al teléfono. ¿Cuánto te debo? 92 pesos. Buenísimo. Viene Madre, habla con ella. Le abro, chau. Busco para padre otra cosa que quería, son las doce. Hora de ponerse a escribir de cero. Y así podría haber millones de testimonios de millones de sometidos.
Es sorprendente cómo el tiempo está tan ligado a la electricidad. En la ciudad, constantemente recibimos mensajes de todo tipo: el celular, el correo electrónico, el chat, el teléfono por Internet, la televisión. ¿Han notado cómo cuando se corta la luz parece que el tiempo se detuviera? La gente tiene charlas lindísimas y se cuentan historias súper entretenidas.
En mi experiencia de búsqueda del tiempo robado, yo diría que para convivir con el tirano y mantener la dignidad a pesar de la batalla perdida, son necesarias una serie de cosas. En primer término, conocer el tiempo que llevan las cosas, tarea no menor. Preparar el examen final de Política Internacional me va a llevar tres semanas. Eso es así. Ir de la estación Moreno de la línea C a la estación Tronador de la línea B lleva media hora. Eso también es así. Luego, es preciso estar armado cual guerrero ante los imprevistos, las mejores armas que tiene el tiempo. Enfrentarnos sin perder de vista cuál es el objetivo final. Y así, a menudo uno se da el gusto de concretar las cosas que se plantea en el día.
El ritmo de la ciudad tiene sus encantos y sus demonios, y se nos meten en el cerebro frases que obsesionan a la gente con el tirano. “No pierdas tiempo con eso”, etc. ¿Cuánto tiempo perdiste leyendo esto? A mi, en cambio, me gustaría saber si ganaste.

Madre me habló de su abuela

Por la tarde, Madre sigue el ritual de la merienda con devoción. 
Cuando vuelve del colegio, a eso de las cinco, pone el mantel para que cubra toda la mesa, pone platos de postre, tazas con sus platitos, mermeladas de todo tipo: de tomate y durazno y de higos, que mandó mi abuela del campo; otra de ciruela que hizo ella misma; y otra artesanal de frutillas que compró en el supermercado. También coloca en el centro la caja de te, que tiene seis compartimientos, y la botella de leche al lado de la azucarera plateada. El queso crema, las cucharitas, los cuchillos. Y las tostadas que acaban de saltar en al tostadora. Las servilletas marrones que hacen juego con el mantel color mostaza. Todo pone. Y hablamos

Cuando yo era chica vivía con la abuela vasca en la casa de Quemú. Durante todo el colegio primario viví con ella, y todos los fines de semana me volvía al campo con mamá y papá. 
Yo ahora de grande pienso que la abuela me enseñó a ser independiente. Fijate que ella no se levantaba con el tío y conmigo a la mañana temprano, para ir al colegio. Ella se despertaba y se quedaba en la cama, y de ahí me hablaba. "No te quedes dormida", me decía desde el otro cuarto. Yo me levantaba sola y hacía la leche para mí y para el tío. "Fijate que no se 
te rebalse la leche que se va a manchar la cocina", decía desde la pieza. Hacíamos todo solos, nos vestíamos y desayunábamos, y después nos parábamos los dos al lado de su cama. Ella nos miraba de arriba a abajo para ver si nos faltaba algo. Y después nos íbamos con el tío caminando hasta la escuela. 
Yo ahora de grande pienso que ni loca los dejaba a ustedes solos. Siempre me levanté a hacerles la leche. Pero la abuela vasca era así. Ella era muy estricta, pero todos la queríamos muchísimo. Mi primo Hugo, que me lleva doce años y fue el primero en irse a vivir con ella, es adoración que tenía por la abuela. 
Cuando yo volvía del colegio, a la tarde, llegaba con un hambre terrible. Y la abuela siempre tenía preparado -nunca me voy a olvidar- la mesa de la merienda. ¡De todo había! A veces hacía alfajorcitos de maicena y ponía la pila en la mesa. O comía pan con manteca y mermelada o dulce de leche. A veces también compraba facturas y las cortaba en dos antes de ponerlas en la mesa. Todo eso estaba listo cuando yo llegaba de la escuela. 
También me enseñaba a cocinar. Pero no te creas que me dejaba hacer mucho, no. Porque ella era muy prolija para cocinar, muy ordenada, y no me dejaba meter mano. Yo me paraba al lado y miraba cuando ella hacía alfajorcitos. Después me dejaba ponerles dulce de leche. 
A la noche había horarios que siempre se respetaban. No teníamos televisión, así que de ocho a nueve la abuela escuchaba el radioteatro de los Pérez García. Después cenábamos y a las nueve y media nos teníamos que acostar. Y dos o tres veces por semana, después de esa hora, venía la vecina de al lado a jugar al chinchón con la abuela. 
Y si, yo estaba lejos de mi mamá, pero no era algo que me amargara. A mi me encantaba vivir con la abuela. Después, cuando terminé la primaria, me fui a Santa Rosa, de pupila al colegio de monjas. 


Mi abuela (mamá de Madre) con sus padres, los abuelos vascos.
Tibidabo (Barcelona) - 24 de septiembre de 1953

miércoles, 18 de marzo de 2009

Alimentar a las ingratas I

A esa hora de la mañana el pasto está recién levantado. La humedad de la noche anterior todavía no decanta, y las gotas de agua minúsculas flotan en el aire imperceptibles a vista simple. Pisar el pasto cuando éste recién se despierte puede ser de lo más suave que se haga en el día: todo puede ser tan gentil a esas horas de la mañana. La caminata al gallinero es un breve instante de gentileza, como acariciar con los pies una alfombra de seda antes de subirse descalzo a una cama de clavos hirvientes. Las gallinas no son gentiles, ni por la mañana, ni por la tarde, y menos aún de noche. Probablemente hacía ya dos horas que estaban despiertas, hacinadas en la lúgubre habitación de una sola ventana. Hay que alimentar a las ingratas de todas formas. Antes de abrirles la puerta, se colocan granos de maíz molidos en tres tachos distintos, que esperan aterrorizados los picotazos de las plumíferas. Una vez abierta la puerta, las gallinas se abalanzan como octogenarias mujeres cluecas ante ofertas nuevas en el supermercado. Comen y comen desesperadamente y se empujan unas a otras para hacerse lugar. Algunas van apuradas a empollar, otras recorren el gallinero como si fuera su ducado.

Mientras tanto nosotras – las humanas portadoras del alimento sagrado – nos alejamos de ese lugar. Al fin de cuentas esas tierras están siempre removidas y siempre frías, y allí todo huele a plumas viejas. 

Alimentar a las ingratas II


Al mediodía hay que volver a alimentar a las gallinas. Esta vez el manjar es una hedionda bolsa de residuos orgánicos: cáscaras de huevo, yerba mate usada, cáscaras de naranja, pulpa de fruta, pedazos de fruta podrida, restos varios de otros platos más elaborados. La legión encomendada a esa tarea consta de tres personas: un niño de once años, una niña de ocho años y otra de veintidós que está ansiosa por experimentar hasta los huesos la vida de campo en su mayor crudeza. Los tres nos armamos de valor, bolsa en mano, y entramos al gallinero. Sus habitantes están sueltas por doquier, y saben que si alguien se acerca es para alimentarlas. Están al acecho. Al entrar, las plumíferas siguen al trío con ojos hambrientos. Al divisar la bolsa, el caos se hace carne y el gallinero se vuelve una batalla campal: de un lado las gallinas, arrinconadas por la amenazante escoba que apunta contra ellas el caballero de once años, del otro lado la legión. La niña de ocho años pega grititos estridentes con cada gallina que pasa la línea de fuego y alcanza la bolsa que cuelga de su mano. En medio de la confusión, esquivando picotazos, tomo la bolsa y la vacío en un tarro. Las gallinas se abalanzan sobre el viejo tarro de helado a comer los hediondos restos de comida, la basura orgánica, con la pasión que un indigente le pondría a un banquete de primer nivel. La legión se aleja ya, con olor a proceso de putrefacción, y con la mirada de las ingratas a sus espaldas.


*Foto gentileza de Juan Manual Ruiz Benavides

domingo, 1 de marzo de 2009

Matemática para el amor

Thank you disillusionment, thank you frailty,
thank you consequence
thank you, thank you silence
Alanis Morissette

Amalia ya sabía que ciertos días le recordaban a Juan. Sabía cuáles eran a la perfección, y los tenía clasificados. 
Estaban aquellos días, por ejemplo, en que escuchar una canción de Alanis Morissette le ataba un nudo en la garganta, porque recordaba la seguridad que sentía en aquella relación amorosa. O los días en que la lluvia golpeaba las chapas del techo y ella intentaba dormir atravesada para tapar el enorme agujero de la cama para dos. Luego estaban los días "celular muerto". Son pocas las ocasiones en que uno repara en lo inútil del celular: por lo general, cuando nadie llama ni se contacta. Entonces recordaba que Juan siempre hizo del celular un invento maravilloso, de esos que sirven para que uno se sienta genial. 
En total, no eran muchos días, sólo tres tipos de días diferentes: los días de Alanis, los días de lluvia a la hora de la siesta y los días del celular idiota. Tres no es mucho. 
En cambio, si son muchos los días que llevaban de haber cortado: 4 meses. No, 120 días suena mucho mejor. Ciento veinte días es un montón de tiempo, son como 2.880 horas... y ni hablar de los minutos. 
Así que, ¿qué son tres días cada tanto comparado con todo ese tiempo? Nada, en lo absoluto. ¿O en lo relativo? Bueno, no sabe, no se acuerda tanto de matemática. 
Además, siempre que terminaba de repasar el catálogo de días recordaba que, aún estando de novia con Juan, un día los mensajitos empezaron a escasear. Entonces, Amalia investigó y se dio cuenta que Juan se estaba curtiendo a la trola de su vecina, una flor de perra que se teñía el pelo de rubio 2 veces al mes, que son como 24 veces al año... demasiado para una chica auténtica, como siempre dijo ser. Además, usaba la mini cortita cortita, que obvio le quedaba re bien, porque iba al gimnasio 16 veces por mes, que son como 192 veces al año. En total, Amalia decía que esa piba era 216 veces más puta que ella. 
Y bueno, como ella siempre decía entre sus amigas, "si a otra te curtiste, alpiste, perdiste", lo fletó no más. No importaba cuántas veces pidió perdón Juan (que habrán sido unas 124, teniendo en cuenta que durante un mes de 31 días la llamó 4 veces por jornada). No lo iba a perdonar, de eso estaba segura, tan segura como de que las canciones de Alejandro Lerner le daban náuseas. Hasta luego, si te he visto, no me acuerdo. 
Bueno, si se acordaba Amalia. Se acordaba tres tipos distintos de días al mes, que podían repetirse en distintas combinaciones a lo largo de treinta o treinta y un días. Pero si no contamos eso, son sólo 3 días al mes. ¿Qué son 3 días, al fin de cuentas? Nada, el 10% de un mes, el 0,8% de un año. Así hechas las cuentas, era obvio que lo iba a olvidar 100% en poco tiempo. Porque el orden de los factores no altera el producto, ¿no?

viernes, 20 de febrero de 2009

Los histéricos

Él y ella se gustan, pero no se lo dicen. Lo saben, está ahí cada vez que se ven, pero no se lo dicen. Si se miran es porque se quieren besar; si se besan es porque se quieren amar; amarse no se aman, porque ser, no son nada: solamente dos seres que se gustan, se miran y se besan. ¿Decírselo? Jamás. Si uno dice "Te quiero", el otro responde "Momento, ya no entiendo este juego". Están bien cuando se pelean, están mal cuando tienen ganas de estar mejor. Que si, que no, que caiga un chaparrón. Van y vienen como siempre, en el mar de la indecisión; donde todo es posible porque nada se concreta, donde siempre hay hambre ante la no-satisfacción. 

martes, 3 de febrero de 2009

historias congeladas



Es curioso el tema de las fotos. Capturan momentos, congelan realidades... cuentan historias. 

Encontrar dos fotos en un cajón, dos fotos con décadas de distancia entre una obturación y otra, y sin embargo tan parecidas... viene a ser como descubrir dos tramas atravesadas por la misma historia. 

Siempre tuve la intuición de que me parecía a mi abuela. Y en el camino, curiosamente, voy descubriendo en qué. 


"Always the years between us, always the years. 
Always the love. 
Always, the hours"

(Virginia Woolf, The Hours)

lunes, 2 de febrero de 2009

Viernes

Era una hora de la tarde, pero el cielo ya estaba oscuro y la gente volvía a casa. A aquel automóvil colectivo subían personas cuyos rostros estaban marcados por curvas donde reposaba el cansancio. Las ropas, cansadas, languidecían desde los hombros en la pesada tarde de septiembre. De tanto en tanto, en alguna parada, además del olor a verano precoz, había aroma a desodorante masculino, de esos sensuales perfumes que hacen voltear a una mujer para ver si quien lo lleva goza del mismo atributo. 
Una vez lograda la difícil tarea de ignorar la dura luz blanca del colectivo, que todo pone en evidencia, se podía apreciar algo casi feliz. Las calles de Buenos Aires están iluminadas por luces aisladas, amarillas, anaranjadas, tenues y tímidas ante la gran oscuridad. Solitarias y en compañía de las demás soledades. 
Y ahí, en ese momento de contemplación, la sonrisa se dibuja en la cara del vidente: ha descubierto que en verdad no viaja solo, sino con todos los demás habitantes del colectivo, que comparten su regocijo; porque es viernes, la batalla ha concluido y uno vuelve a su casa a hacer lo que se le de la gana. 

domingo, 1 de febrero de 2009

El amor enloqueció a Amanda

"Querido Rigoberto:
He decidido, en pleno siglo XXI, escribirte una carta. Que te llegue el mensaje sería una paradoja, y voy a explicarte por qué. 
Aquí estoy sentada a la mesa con mi sesuda familia, zambullidos todos en conversaciones alucinantes, en las que amaría participar. Pero no puedo. Porque, la verdad, qué querés que te diga, en este momento me importa un carajo si el presidente de Norteamérica es católico o protestante, si habló del tamaño del Estado o si tropezó con su entusiasmo al jurar. 
No puedo pensar friamente en eso porque lo único que puedo procesar es que vos no me hablaste en todo el día. Y yo me conecté, te mandé mensaje... hice todo lo que debía; y por lo que antes vos solo me hablabas primero. Con todas las vías de contacto, todos los puentes entre mundos privados, todas las conexiones posibles entre seres humanos... ningún canal lleva tu mensaje. 
Me ignorás. Tu ignorancia me pesa y no me salen las lágrimas. Entonces lloro para adentro. ¿Sabés cómo me doy cuenta? Porque el rostro me pesa del lado de adentro y por mis arterias circula trabajosamente un plomo líquido, que es la mezcla de tu promesa y mi esperanza. Esperanza es una palabra curiosa. Algunos dirían que es un sentimiento optimista, pero yo creo que no: es otro sustantivo de esperar. Y la espera puede ser desesperante a veces. 
La paradoja de que te llegue esta carta, que pienso mandarte con paloma mensajera, es que siento tal necesidad de comunicarme en general - y de hablarte en particular - que probablemente lo logre; aún a pesar de usar un método de comunicación tan inseguro. 
Y que te llegue el mensaje completo: si me seguís ignorando, voy a ir hasta tu casa y te voy a morder el cuello hasta que te salga toda la sangre a borbotones; y así me pueda meter abajo de tu piel. Aunque tenga que ser literalmente."

jueves, 18 de diciembre de 2008

silvia

"Fotos no" fue lo primero que me dijo, luego de abrir la puerta del Colegio Nicolás Avellaneda y saludarme con el clásico "holacomoestás". 
Silvia tenía miedo. Y no hacía falta que me dijera "fotos no" para darme cuenta. Sus ojos eran muy azules, y parecía que se iban a salir de sus fosas oculares por la intensidad con que me miraba. Eso pasa a veces. Cuando llamás a una persona y le decís que te gustaría hacerle una entrevista, porque estás escribiendo una nota y te interesa su testimonio. Algunas personas se lo toman con toda naturalidad. Prendés el grabador y hablan sin reparos. 
Silvia no. Mira el grabador con desconfianza. Después de preguntarle si le molesta que la grabe, le explico que lo necesito y se relaja. No, mentira, no se relaja. Para eso faltan muchos minutos. 
El tema es la educación pública y la pregunta se refiere a qué opina de la gestión de Macri. Se queda callada unos momentos, sus ojos (más tranquilos ahora) se vuelven hacia su interior y reflexiona. "Prefiero no opinar" dice después de un rato para que quede grabado. Antes de empezar la entrevista había dicho que tenía miedo. Que el gobierno había reprimido docentes en la protesta, que tenían una lista con nombres... Luego de terminar la entrevista dirá que Macri es lo peor que les podía pasar. 
A Silvia le gusta hablar de otras cosas. De la escuela pública, por ejemplo. De que allí hay libertad de expresión, de las actividades que hace con sus alumnos, del alto nivel académico de los profesores, de las formas que tiene para tratar de que un chico no deserte. De eso y de que es hija de inmigrantes. Que empezaron de abajo y que prosperaron. Que le enseñaron a ser solidaria por sobre todas las cosas. Ella elije la escuela pública por muchas razones, pero tal vez esa sea la más importante. 
Sus bolas oculares se relajan ahora, cuando mira el fondo de la biblioteca como si fuera el fondo de su cráneo, en busca de reflexiones.
Silvia es, sin duda, un personaje colorido. Lástima que no se trate de eso la nota.