Mostrando entradas con la etiqueta del cuaderno de guión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta del cuaderno de guión. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de mayo de 2009

Mononucleosis, no. Mutación, si

¿Sabe qué doctor? Yo no creo que esto sea mononucleosis, no. Yo estoy mutando, doctor. Me estoy convirtiendo en sirena. ¿De qué se ríe? En serio le digo.

¿Si estuve viendo mucha televisión? Si, digamos que un poco. Pero no lo saqué de ahí, ¿eh? Aunque si aprendí muchas cosas. Por ejemplo, que las mujeres pueden tener los huesos frágiles. Y qué bueno que existe Ser Calci Plus, que te aporta la mitad del calcio que precisás, y así Claribel Medina no tiene que engordar. También aprendí que tendría que haber tomado Actimel, que ayuda a reforzar tus defensas naturales. Que mis dientes nos se sienten tan limpios, y es por la placa. Que el ochenta por ciento de las bacterias no están en mis dientes.

Pero no le hablo de eso doctor, no. Yo estoy mutando, ¿no se da cuenta? Para mí que estas pelotas que tengo en la garganta no son ganglios inflamados. Son los pulmones que se me están desplazando. Me van a salir branquias, ¿se da cuenta? Para respirar abajo del agua, porque me estoy convirtiendo en sirena. Estoy terriblemente agotada, aún cuando estoy tirada en la cama. Ir a la computadora y chequear mis mails se me vuelve un mundo. ¡Queda todo tan lejos en mi casa! ¿Sabe porqué es eso? Porque el aire me pesa. Necesito estar en el agua. Ese es mi ambiente natural. Mire mis dedos, ¿ve? Pronto me van a salir uniones. Y me duelen las encías. Es porque mi dentadura se está achicando. El otro día a la noche tenía un poco de hambre, pero poquito. Y el pastel de carne que había para comer no me provocaba ni un poco. Terminé comiendo dos palmitos, pero cortado bien chiquito. Eso lo puedo comer porque es blando, ¿entiende? Y yo creo que eso tiene que ver con mi mutación también. Si, porque las sirenas comen algas y mojarritas, nada de difícil digestión. Y otra cosa, ¿usted me escucha cuando hablo, doctor? ¿Ah, si? Bueno, entonces la voz debe ser lo último que cambia.

Entonces, digo, ¿para qué hacerme los análisis de sangre? Cuando me salga mercurio, doctor, todos se van a dar cuenta de lo que está pasando. Y me van a querer encerrar, ¿ve? Para hacer experimentos y poner a prueba mi mutación. ¿Es eso lo que usted quiere, doctor? ¿Eh? ¿Me quiere encerrar para hacerse rico con mi condición? Si, si, yo me voy a calmar. No, no, no, esto no tiene nada que ver con los 40° de fiebre que usted dice que tengo, no.

Si, bueno, yo me hago esos análisis de sangre de morondonga. Y cuando me salga mercurio en vez de glóbulos rojos hablamos, ¿de acuerdo? Va a ver que tengo razón.


* ilustración de Antis Dibuja

miércoles, 18 de marzo de 2009

Alimentar a las ingratas I

A esa hora de la mañana el pasto está recién levantado. La humedad de la noche anterior todavía no decanta, y las gotas de agua minúsculas flotan en el aire imperceptibles a vista simple. Pisar el pasto cuando éste recién se despierte puede ser de lo más suave que se haga en el día: todo puede ser tan gentil a esas horas de la mañana. La caminata al gallinero es un breve instante de gentileza, como acariciar con los pies una alfombra de seda antes de subirse descalzo a una cama de clavos hirvientes. Las gallinas no son gentiles, ni por la mañana, ni por la tarde, y menos aún de noche. Probablemente hacía ya dos horas que estaban despiertas, hacinadas en la lúgubre habitación de una sola ventana. Hay que alimentar a las ingratas de todas formas. Antes de abrirles la puerta, se colocan granos de maíz molidos en tres tachos distintos, que esperan aterrorizados los picotazos de las plumíferas. Una vez abierta la puerta, las gallinas se abalanzan como octogenarias mujeres cluecas ante ofertas nuevas en el supermercado. Comen y comen desesperadamente y se empujan unas a otras para hacerse lugar. Algunas van apuradas a empollar, otras recorren el gallinero como si fuera su ducado.

Mientras tanto nosotras – las humanas portadoras del alimento sagrado – nos alejamos de ese lugar. Al fin de cuentas esas tierras están siempre removidas y siempre frías, y allí todo huele a plumas viejas. 

Alimentar a las ingratas II


Al mediodía hay que volver a alimentar a las gallinas. Esta vez el manjar es una hedionda bolsa de residuos orgánicos: cáscaras de huevo, yerba mate usada, cáscaras de naranja, pulpa de fruta, pedazos de fruta podrida, restos varios de otros platos más elaborados. La legión encomendada a esa tarea consta de tres personas: un niño de once años, una niña de ocho años y otra de veintidós que está ansiosa por experimentar hasta los huesos la vida de campo en su mayor crudeza. Los tres nos armamos de valor, bolsa en mano, y entramos al gallinero. Sus habitantes están sueltas por doquier, y saben que si alguien se acerca es para alimentarlas. Están al acecho. Al entrar, las plumíferas siguen al trío con ojos hambrientos. Al divisar la bolsa, el caos se hace carne y el gallinero se vuelve una batalla campal: de un lado las gallinas, arrinconadas por la amenazante escoba que apunta contra ellas el caballero de once años, del otro lado la legión. La niña de ocho años pega grititos estridentes con cada gallina que pasa la línea de fuego y alcanza la bolsa que cuelga de su mano. En medio de la confusión, esquivando picotazos, tomo la bolsa y la vacío en un tarro. Las gallinas se abalanzan sobre el viejo tarro de helado a comer los hediondos restos de comida, la basura orgánica, con la pasión que un indigente le pondría a un banquete de primer nivel. La legión se aleja ya, con olor a proceso de putrefacción, y con la mirada de las ingratas a sus espaldas.


*Foto gentileza de Juan Manual Ruiz Benavides

lunes, 2 de febrero de 2009

Viernes

Era una hora de la tarde, pero el cielo ya estaba oscuro y la gente volvía a casa. A aquel automóvil colectivo subían personas cuyos rostros estaban marcados por curvas donde reposaba el cansancio. Las ropas, cansadas, languidecían desde los hombros en la pesada tarde de septiembre. De tanto en tanto, en alguna parada, además del olor a verano precoz, había aroma a desodorante masculino, de esos sensuales perfumes que hacen voltear a una mujer para ver si quien lo lleva goza del mismo atributo. 
Una vez lograda la difícil tarea de ignorar la dura luz blanca del colectivo, que todo pone en evidencia, se podía apreciar algo casi feliz. Las calles de Buenos Aires están iluminadas por luces aisladas, amarillas, anaranjadas, tenues y tímidas ante la gran oscuridad. Solitarias y en compañía de las demás soledades. 
Y ahí, en ese momento de contemplación, la sonrisa se dibuja en la cara del vidente: ha descubierto que en verdad no viaja solo, sino con todos los demás habitantes del colectivo, que comparten su regocijo; porque es viernes, la batalla ha concluido y uno vuelve a su casa a hacer lo que se le de la gana.